Te he querido ver como el padre que no tuve, que no tengo. Como el amigo que no tuve y que no tengo. Pero, por lo visto, eso está mal. También me parece que pienso demasiado en ti, que te doy mucha importancia. Pienso que tal vez no podamos nunca ser amigos. Qué lástima.
Y me enoja mucho que sea hasta ahora que me rechazas. Debiste haberlo dicho antes. ¿Por qué aceptaste mi libro o mis discos o mi regalo de navidad? ¿Por qué te esperaste tanto para decirme que no te parecía correcta mi suscripción? Pasaron días. El lazo que tenemos es mucho más fuerte que una pendeja suscripción. ¿Cómo podría atarte yo con eso?
Ahora no quiero ni verte.
Tampoco quiero ya darte nada. Nada de nada. Ni hablar contigo. Te voy a regresar tu libro, y yo quiero mi película de vuelta (misma que, por cierto, leíste también de una manera bastante rara.)
Me enoja también mucho que me parece que no confías en mí. En vez de preguntarme directamente si conocía a M., primero preguntaste que dónde trabajaba, que si sabía algo de una entrevista, cosas muy raras, y ya luego, hasta el final, que si conocía a la mentada M. ¿Quién me crees? Eso me enoja muchísimo.
Más me enoja que siento que hay algo en ti que no me quieres decir. Que hay algo que se ha movido en ti, pero hay que mantenerlo secreto "por el bien de la causa".
Y es típico de ti que, cuando quieres "cuidar algo", la riegas. Haces unos comentarios, unas preguntas tan fuera de lugar, tan raras, tan disruptivas. No es la primera vez que pasa. En tu intento de ser diplomático, de decir las cosas de la mejor manera, terminas metiendo la patota durísimo.
Me desilusiona ver que tampoco me comprendes tan bien como creía. Que hay una parte de ti prejuiciada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario